La escuela

Villanueva de Argecilla dispuso de escuela pública hasta comienzos de los años 70 del siglo XX. El fin de la escuela vino marcado por la centralización escolar de los pueblos de la comarca y su reagrupación en las escuelas de Jadraque. Para tal fin, se creó un servicio de transporte escolar, con diferentes rutas, para trasladar a los alumnos de los pueblos limítrofes hasta el centro integrado de Jadraque.

La escuela de Villanueva tuvo durante el siglo XX cuatro ubicaciones diferentes. La primera, donde estudió mi madre, se encontraba en la planta baja de un antiguo edificio, ubicado al lado de la plaza mayor, en el espacio que hoy ocupa una fuente con sus jardines. Lo único positivo del aula era su suelo de madera, lo que suponía un aislamiento extra para los duros inviernos, sin calefacción de ningún tipo. Por otro lado, la única luz natural que llegaba al aula, lo hacía por unas ventanas, que daban a un callejón muy estrecho, con el consiguiente déficit de iluminación. Junto a la escuela y en la planta baja del mismo edificio, se encontraba una modesta vivienda que ocupaba el profesor. En esta etapa, los profesores solían ser muy duros con sus alumnos, golpeándoles con frecuencia de manera brutal. Mi madre me relató una ocasión en la que el profesor le golpeó en la cabeza causándole una herida, tendiendo que acudir mi abuelo a pedir cuentas al autoritario docente.

Profesor D. Tomás Giner y su grupo escolar de la primera sede de la escuela.

La segunda ubicación de la escuela ocupaba la parte izquierda del actual ayuntamiento de la localidad, en un edificio ya desaparecido. Se trataba de un aula alargada, con una mejor iluminación que la anterior escuela, pero con un suelo de frio cemento. Por supuesto sin calefacción de ningún tipo y con una estufa mas una chimenea de leña para combatir los rigores del invierno, como único elemento de comodidad. La escuela estaba dividida en dos espacios, el primero, por donde se entraba, hacía las veces de almacén, ahí por ejemplo se guardaba la leña para el invierno u otros útiles. El segundo espacio, la escuela propiamente dicha, se encontraba justo a continuación, separada del primero por un tabique con puerta. Cada día un alumno, por turnos, tenía que llevar desde su casa la leña para poder encender la lumbre de esa jornada. La escuela recibía del estado bidones de leche en polvo, éstos disueltos en agua caliente, permitían tomar un vaso de leche a cada alumno a media mañana. El vaso para tomar ese complemento alimenticio, lo llevaban los propios alumnos desde su casa cada día. Más ocasionalmente, también el estado proporcionaba queso americano para distribuir entre los alumnos. En la década de 1950 y principios de la de 1960 en España, la escuela obligatoria se completaba a los 12 años de edad. Sin embargo, a partir de 1964, una nueva ley amplió oficialmente la escolaridad obligatoria hasta los 14 años. La jornada escolar era partida y a los alumnos, además de comer en casa, les quedaba algo de tiempo para echar una mano a la familia, antes de regresar por la tarde a la escuela. Muchos de los profesores que en esta etapa ejercieron la docencia en Villanueva, tenían que alojarse en una habitación, conviviendo con una familia del pueblo, ya que no había otros alojamientos disponibles en la localidad. Alguno de ellos ejerció de manera voluntaria también educación para adultos por las tardes y recibía como compensación, sobre todo, alimentos en especie (huevos, leche, embutidos, etc.). En esta escuela ejerció varios años de docencia Margarita Andrés Martínez, natural de la localidad, vivía con sus padres en el hogar familiar y la escuela la tenía justo enfrente, además gustaba de pasar periodos en Madrid y las comunicaciones desde Villanueva no eran malas. Cursó sus estudios de Segunda Enseñanza en el instituto Cardenal Cisneros y obtuvo el título de Maestra de 1ª enseñanza en 1940, todo ello en Madrid.

Grupo de alumnos/as de Villanueva en la puerta de la escuela de la segunda sede escolar.

La profesora Margarita Andrés Martínez y sus alumnos/as de Villanueva.

Margarita tuvo su primer destino como profesora en la localidad de Huérmeces del Cerro (Guadalajara). Sus alumnos/as conectaron con gran emotividad con su profesora durante el curso o cursos que la tuvieron como profesora y sus alumnas le remitieron una carta hasta su domicilio de profundo agradecimiento y emotividad, de la cual me permito transcribir parte de la misma: "me decís que os manifieste las faltas de vuestra carta. Y a esto os contestaré que las cartas que se escriben con el corazón, reflejando lo que en él se siente, el mejor maestro no es capaz de encontrar en ellas falta alguna. Que sigáis recordándome y no olvidar ser tan buenas y modestas como Dios quiere a sus hijas, y seréis el orgullo de vuestros padres y el mejor ejemplo para los demás. Un afectuoso saludo para vuestras familias. Besos a todas las niñas y para vosotras un abrazo cariñoso de vuestra maestra que os quiere. ". Por su parte los alumnos también se hicieron con la dirección de la profesora y la escribieron, obteniendo por parte de ésta la siguiente respuesta: "Mis queridos niños: No podéis imaginaros que sorpresa he tenido cuando he recibido vuestra carta, y he leído vuestras frases tan genuinamente sinceras y llenas de cariño hacia la que tuvisteis de maestra y que si alguna vez tuve para vosotros reprensiones severas, no por eso os quería menos, siendo mi propósito hacer sentir en vosotros niños, hombres del mañana, el orgullo de amar a todos y en primer lugar a Dios, y que yo quisiera no olvidaseis nunca para bien de nuestra Patria y el bien de todos. Lamento que las niñas no hayan querido daros mi dirección, pero veo que lo resolvisteis de la forma más satisfactoria. Y ahora, una vez que habéis terminado las ocupaciones del verano, ¿que hacéis?. Os acordáis de los libros y repasáis alguna cosilla, o sólo pensáis en jugar al futbol. Es verdad que el cuerpo necesita ejercicio, pero no tenéis que olvidaros que también tenemos el alma. Y, además, que hay que estar preparados para reanudar los estudios en el nuevo curso que se acerca y en el que hay que pensar siempre en ser, siempre, mejores que en el anterior. Y no quiero hablar de cursos porque me da mucha tristeza pensar que ya no volveré con vosotros, aunque no os dejaré un instante con el pensamiento.". Éstos textos me hacen ver en toda su profundidad lo que antaño era un profesor o profesora de escuela rural: Además de un transmisor de conocimientos, eran un guía personal y espiritual, un formador de personas en toda su extensión. En Villanueva algunos de los años que ejerció Margarita como profesora fueron de 1944 a 1946 y de 1949 a 1956. El sueldo daba para pagar la pensión, la comida y poco mas. Otros destinos de Margarita como docente fueron Jirueque y Molina de Aragón.

Textos docentes de los años 1940-1960

Textos docentes de los años 1940-1960


La tercera ubicación de la escuela ocupó dos espacios diferentes del antiguo ayuntamiento de la localidad, junto a la entrada del pueblo por la carretera de acceso. En un primer lugar, el aula se encontraba en la planta baja en su parte izquierda. El suelo era de terrazo y al estar a contra terrero, en época de fuertes lluvias, se filtraba agua hasta encharcar los suelos. La solución a éste último problema fue unos tacos de madera para apoyar los pies y nos mojárselos. La calefacción espartana, una estufa de leña para todo el aula. El aula disponía de dos pupitres dobles convencionales y el resto eran grandes mesas de madera cuadradas, llenas de manchurrones de tinta. Para sentarse en las mesas había taburetes de madera. En este aula ejerció la docencia durante un año la vecina de la localidad Ana Andrés De Pablo en su segundo año de provisionalidad (curso 1965/66 o 1966/67) de los dos que había que cumplir tras aprobar la oposición. El primero lo ejerció en Matillas. Para ser maestra tuvo primero que aprobar el ingreso a bachillerato en Burgo de Osma (Soria), algo nada sencillo para una niña rural que nunca había salido de su pueblo, después cursar estudios de bachillerato (siete años con reválida) y luego magisterio (tres años). Tenía en Villanueva una veintena de alumnos y me indica que fue el ejercicio docente, el que verdaderamente la preparó para afrontar los retos de su profesión, más que sus estudios previos. El curso empezaba a primeros de septiembre y terminaba  a finales de junio, ejerciéndose también docencia los sábados por la mañana. El horario era de 10:00 a 13:00 y de 15:00 a 17:00. Los jueves por la tarde lo dedicaban a paseo, no había clase, se acudía a merendar hasta una fuente o paraje y también se llevaban a cabo juegos o actividades deportivas. Algunas de sus alumnas me recuerdan los paseos que llevaban a cabo hasta la fuente de Valdellantas donde sus compañeros desarrollaban la inventiva creando molinos o barcos con juncos que hacían girar o navegar en el agua respectivamente. No se hacían exámenes periódicos como ahora, pero al final del curso académico si se ponía una nota en los libros de escolaridad. Cada alumno llevaba un cuaderno no desmontable, donde quedaba registrado todo el trabajo llevado a cabo por éste durante el curso. Si un cuaderno se llenaba, se compraba otro y se seguía con la misma mecánica. Durante esa época no disponían de bolígrafos, se trabajaba con lapiceros o con plumas y tinta china, lo que provocaba que las manchas de tinta en las mesas de madera fueran frecuentes. Tenían gomas de borrar minas de lápiz y de tinta. Para hacer cuentas manejaban también los pizarrines (pequeñas pizarras individuales de tiza). Como libros de texto base manejaban las enciclopedias de primer, segundo y tercer grado. Los demás libros disponibles eran libros de lectura. Me indica que en las enciclopedias todo estaba muy resumido, por lo que luego ella ampliaba contenidos sobre la base en cuestión. La escolaridad en esta época duraba ocho años, se empezaba con seis años y se terminaba a lo catorce. No obstante, las necesidades de algunas familias hacían que la escolaridad de sus hijos finalizara a los doce años, para que pudieran ayudar en las necesidades familiares. Ana me hace hincapié en algunos niños de los que tuvo que nada más finalizar las clases de la jornada tenían que acudir a trabajar enseguida. Por su parte algunos de los alumnos que ella tuvo me indican que fue algo dura con ellos/as.

Último edificio donde residió la escuela de Villanueva.

Imagen de Villanueva de Argecilla de finales de la década de 1960.


La última ubicación de la escuela, ocupó el ala izquierda de la segunda planta del antiguo ayuntamiento de la localidad. En ella comencé el largo camino de mi formación educativa y sólo tengo recuerdos positivos y mucha añoranza de dicha etapa. La última profesora de la escuela de Villanueva fue Ana María Calvo Camarma. El suelo era de terrazo y disponía de amplios ventanales, por lo que gozaba de una iluminación excelente. La calefacción seguía siendo espartana, una estufa de leña para todo el aula. El aula heredó las grandes mesas de madera cuadradas de su anterior ubicación, con sus taburetes de madera, pero todo ello remodelado por un carpintero. Las mesas recibieron una lámina lisa y verde oscuro muy funcional y fácil de limpiar. En cada mesa cuadrada nos distribuíamos un máximo de cuatro alumnos. Contigua a la escuela y en la misma segunda planta se encontraba la vivienda de la maestra. Fue la primera vez que el maestro/a pudo disponer de una vivienda digna para sus necesidades. No obstante indicar que hasta el final del funcionamiento de esta última escuela, en el pueblo no existía agua corriente en la casas ni saneamientos. Como signo de modernidad de otros tiempos, recuerdo un armario con puertas de cristal con plantillas blancas de agujeros y capuchinos de colores para insertar en estos, que permitían confeccionar dibujos sobre las plantillas, aunque la profesora rara vez nos permitía su uso.  Los libros que manejábamos casi todos pertenecían a la Editorial Álvarez, consistían en una serie de libros escolares escritos por el maestro Antonio Álvarez Pérez durante la década de 1950. Lo que también practicábamos todos, y mucho, era caligrafía, los cuadernos de rubio para la caligrafía formaban parte de nuestro día a día. De vez en cuando la escuela recibía la visita de un inspector educativo que acudía con coche oficial y conductor. La fecha de la visita la profesora la tenía marcada en rojo en su calendario y aleccionaba a los alumnos a prepararse especialmente para ese día repasando determinados temas. Nuestra profesora además de atender la escuela por la mañana, en paralelo, atendía sus guisos u otros asuntos, la recuerdo entrando y saliendo del aula varias veces en dirección a su piso que estaba frente al aula. Algunas veces hacía chocolate y nos invitaba, como una segunda madre. También en esta época salíamos de paseo, casi siempre por el monte hasta la casa del monte o hasta el pico del monte. Recuerdo en la casa del monte que practicábamos el juego del pañuelo en el que también participaba nuestra profesora que como no estaba muy acostumbrada a hacer deporte, acabo con sus huesos en el suelo. Ante ésta última tragedia uno de sus alumnos no se quedó de brazos cruzados y solucionó dicha desgracia trazando una cruz en un tejo de cerámica y lo plantó a modo de lápida en el lugar exacto de la caída. En esta época los alumnos mas mayores hacían novillos algún día requeridos por sus progenitores para tareas de diversa índole, con el consiguiente disgusto de nuestra profesora. Otra cosa que desagradó profundamente a la profesora es que frente a la escuela los mozos plantaron un mayo bien alto (el último que se erigió en Villanueva) que interpretó como una significación hacía su persona que ella no deseaba en absoluto. La profesora salía con un chico de un pueblo cercano pero siempre en público intentaba estar acompañada de una tercera persona por aquello de la rigidez moral de la época. La escuela de Villanueva cerró finalmente su aula el curso académico 70/71 en el mes de Diciembre, siendo reagrupados en las escuelas de Jadraque el resto del curso y subsiguientes.

Manuel Andrés


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